Brasil, tierra de contrastes entre modernidad y tradición, vuelve a ser escenario de una tensión que se repite en toda América Latina: la promesa de progreso frente al costo humano y ambiental que este exige. El puente Salvador-Itaparica, un megaproyecto de ingeniería de 12,4 kilómetros impulsado por empresas estatales chinas, se presenta como símbolo de modernización: conectividad, integración logística y desarrollo económico. Pero para los habitantes de la isla de Itaparica, es otra cosa: una amenaza silenciosa que avanza sobre sus casas, sus tierras y su identidad.
El caso no es aislado. China ha extendido su huella en la región con carreteras, ferrocarriles y puertos, siempre bajo la misma narrativa: desarrollo a cambio de inversión. Sin embargo, detrás de esa retórica se acumulan denuncias de contratos poco transparentes, impactos ambientales devastadores y un patrón de indiferencia hacia las comunidades locales.
En Itaparica, la historia se repite. Los vecinos no saben si perderán sus casas, sus sembrados o sus recuerdos. No han visto planos, no han recibido información clara y mucho menos han sido consultados de manera real. La modernidad se les impone como un hecho consumado.
Antônio Salvador dos Santos, un locutor jubilado de 75 años, lo resume con la sencillez de quien teme perder lo que construyó con sus propias manos: su terreno, sus limoneros, sus guayabos, su sueño de ver crecer a sus nietos. Su incertidumbre no debería ser el costo de la infraestructura. Sin embargo, en América Latina parece normalizado que el “progreso” se mida en kilómetros de concreto y no en vidas dignas.
El puente Salvador-Itaparica puede ser una maravilla de la ingeniería, pero si no respeta la transparencia, los derechos de las comunidades y el medio ambiente, será también un monumento a la desigualdad. Porque el verdadero desarrollo no arrasa ni se impone: dialoga, respeta y construye de la mano con quienes habitan los territorios.
La pregunta que queda abierta es la misma que atraviesa muchos megaproyectos en la región: ¿de qué sirve un puente que acerca geografías si al mismo tiempo rompe los lazos entre la gente y su tierra?
Juan David Gómez González
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